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Cliente inesperado.

En los últimos 3 años mi esposa y yo hemos estado atendiendo una pequeña tienda de ropas de vestir que nos ha dado bastante buen resultado. Está muy bien localizada y tenemos una clientela estable que nos visita frecuentemente por las exclusividades que les brindamos y los buenos precios que les conseguimos.

Como es de suponerse, en todo este tiempo, mucha gente ha pasado por nuestras puertas y no todos ellos quedan tan grabados como el caso que les quiero contar.

Sucedió una noche de inicio de verano, hace un año aproximadamente, en el momento que estabamos por retirarnos. Mi esposa estaba cerrando las puertas mientras yo terminaba de arreglar la mercadería de última hora más algunas nuevas cajas que habían entregado ese mismo día. En ese momento, un muchacho de unos 25 años se aproximó al local y le dijo a mi esposa que estaba precisando comprarle un regalo a su novia quien era una clienta nuestra de muy buena frecuencia. Mi esposa lo dejó pasar y cerró la puerta detrás de él justificándose que ya estabamos en la hora de salida y si dejaba abierto más tiempo, la gente querría entrar y no podríamos cerrar temprano como era nuestra intención.

Con mucha educación le respondió que no se importaba si nosotros no teníamos inconvenientes. Es claro que le respondimos que no habría problema, que lo atenderíamos con mucho gusto y, dicho esto, se dirigieron a un mostrador cercano a donde yo estaba.

Al verlo más de cerca pude recordar quien era pues se trataba de alguien que ya había estado en nuestro local varias veces y me había llamado la atención por su cuerpo musculoso tan bien formado. Poco pude prestarles atención a lo que conversaban porque yo estaba muy ocupado haciendo mis controles del nuevo material recientemente llegado. Sin embargo, en más de una oportunidad me pareció que miraba insistentemente para donde yo estaba y cada vez que nuestros ojos se cruzaban me dirigía una amplia sonrisa a lo cual yo le respondía de la misma forma.

Poco tiempo después, yo ya había concluido con mi tarea y pude acercarme a donde ellos estaban. Mi esposa me lo presentó por su nombre, Juan, por si yo no me acordaba y nos saludamos con un apretón de manos. Algo había en aquél saludo que me llamó la atención, la fuerza con que agarró mi mano, el tiempo en que la mantuvo apretada, no sé bien que fue, pero algo había de diferente.

Al fin, Juan se decidió por el regalo que quería comprar y se dirigió a la caja para hacer el correspondiente pago. Mientras mi esposa le hacía la nota y le cobraba, le ofrecí si no quería ver alguna otra cosa más y nuevamente, con mucha educación, respondió que si, que le gustaría, pero que no quería quitarnos nuestro tiempo porque sabía que ya estabamos cerrando. Mi esposa le dijo que no se preocupara, porque quien tenía prisa era ella y no yo. En el caso que quisiese ver alguna otra cosa, que yo se la podría mostrar y que ella, entonces, se iría porque tenía viajar esa noche para ver a su hermana y que si se quedaba, podría perder el ómnibus. Juan me miró para ver que le respondía e inmediatamente le contesté que por mí estaba todo bien, que sería un placer seguir atendiéndolo todo el tiempo que quisiese. Pareció complacido con mi respuesta y aceptó ver las novedades que recién habían llegado.

Mi esposa se despidió y se fue corriendo porque ya estaba sobre el horario de tomar su ómnibus. La acompañé hasta la puerta y la volví a cerrar para evitar que alguien entrase.

Cuando quedamos solos, nuevamente me preguntó si no estaría molestando quedándose después de la hora y le respondí que no se preocupase porque, como ya lo había escuchado, mi esposa iba a viajar y yo no tenía ningún compromiso, que podía quedarse tranquilo.

Pareciendo que había aceptado mi explicación, me agradeció y me pidió que le mostrase alguna bermuda para playa ya que se aproximaba la temporada de veraneo. Le pedí que me acompañase al mostrador de las prendas masculinas y le mostré lo que habíamos recibido recientemente.

Durante todo el tiempo su rostro estaba siempre iluminado por una sonrisa prodigiosa que lo hacía más atractivo de lo que ya era. Su carácter jovial lo hacía hacer comentarios graciosos sobre varias cosas que conversábamos. En realidad, era un placer atenderlo y el hecho de haberme quedado después del horario no me estaba pesando para nada, todo lo contrario.

Eligió una de las bermudas y me preguntó si se la podía probar para ver cómo le quedaba porque tenía muslos muy gruesos y le parecía que no le iba a entrar. Al hacerlo, se alejó un poco del mostrador y me mostró el tamaño de sus muslos. La verdad que quedé impresionado por el tamaño de sus piernas, aunque me parecía que no iba a tener problema y que solamente lo sabría, después de probárselas.

Le indiqué donde estaban los probadores y allí se dirigió. Al llegar a la puerta del probador, si quitó su chaqueta de cuero quedando vestido, solamente con un pantalón de jeans claro y una camiseta de manga corta blanca. Cuando entró, cerró la puerta detrás de sí y escuché claramente cuando desprendía su cierre y se quitaba el pantalón que traía puesto. Inmediatamente imaginé sus fuertes muslos y un frío me invadió el estómago. Esperé del lado de afuera del probador mientras Juan se cambiaba mientras yo pensaba en sus voluminosas piernas.

Me sorprendí un poco cuando en el medio de mis pensamientos, la puerta se abrió repentinamente. Al mirar para adentro, Juan estaba con la bermuda puesta mostrándomela al mismo tiempo que me preguntaba cómo le quedaba. Le respondí que me parecía que le quedaba bien y observándo las piernas le hice ver como le habían quedado bien. El rostro de Juan no mostraba convencimiento y me comentó que le gustaba la ropa un poco más ajustada (de lo cual ya me había dado cuenta por el pantalón que traía puesto). Le ofrecí si quería probarse un número menor e inmediatamente aceptó de buen agrado. En pocos momentos yo estaba de vuelta con una bermuda igual pero un talle menor. Se la alcancé y Juan entró nuevamente para el probador sin cerrar la puerta completamente. Por más que me comían las ganas de verlo cuando se desvestía, no quería arriesgarme a mirar para adentro y que se diese cuenta que lo estaba espiando. Por la rendija que había quedado mal podía verlo y me limitaba a imaginármelo haciendo esfuerzo tratando de ponerse la bermuda que le traje por ser de talle menor.

Al abrir la puerta, nuevamente, Juan me sonrió, pues se dio cuenta que yo estaba tratando de mirar para adentro. Creo que hasta me sonrojé un poco y él me respondió con su clásica sonrisa y giñándome un ojo dándome a entender que me había descubierto. No me di por aludido y le pregunté que le parecía como le

había quedado. Él me devolvió la pregunta y yo no pude más que responderle que me parecía que le había quedado muy bien. Realmente, su cuerpo lucía muchísimo más con esa bermuda ajustada que con la otra más suelta. Sus muslos aparecían por debajo del fino tejido, marcándose sin quedar apretados y, principalmente, lo que más resaltaba el tamaño de su sexo que resultaba tremendamente llamativo.

Yo casi no podía pronunciar palabra mientras lo observaba. Ni siquiera podía escuchar lo que él estaba hablando. Estaba como embelesado. Dentro de mi inconsciencia me pareció que me comentaba que le había gustado mucho pero que lo que no le gustaba era que se le notase los pliegues de la ropa interior a través de la fina tela de la bermuda. Ahí pude reaccionar y le respondí que eso sucedía porque, seguramente, estaba usando boxers, a lo que me respondió que si, que así era. Le dije, entonces, que si no quería que los pliegues aparecieran, que lo que tenía que usar era un slip más ajustado, de malla y no de tela. Respondió que él no usaba de eso porque le parecía que no debían ser cómodos. Casi sin quererlo me salió de la boca si quería probarse uno para ver como le quedaba.

Bajando la cabeza y mirándose el cuerpo, me respondió que no sabía, porque le parecía que no se iba a sentir bien. Antes que reaccionara, le dije que no perdía nada con intentarlo, que a mí me parecía que le iba a quedar muy bien.

Me respondió que le trajese uno para probárselo. En un instante se lo traje y se lo alcancé. Juan lo miró, lo sostuvo entre sus manos y lo abrió para ver la elasticidad de la prenda y dijo que le parecía que eso no le iba a entrar. Yo le aseguré que sí, que era un tejido muy elástico y que se lo pusiese para salir de dudas. Con un gesto de incredulidad, Juan entró para su cabina nuevamente y entrecerró la puerta para cambiarse. Esta vez, busqué una mejor posición para ver si podía verlo pero mismo así, la rendija que había quedado era muy chica y no me permitió ver para adentro.

Yo estaba muy ansioso de que la puerta se abriese para poder mirar tan espectacular figura y creo que esa ansiedad se dibujaba en mi rostro y se manifestaba en mi miembro que lo sentía crecer por debajo de mis ropas. Traté de disimular y comportarme lo más profesional que me fuera posible. Juan abrió la puerta cuando estuvo vestido y nuevamente tuve la oportunidad de ver su increíble figura emergiendo de dentro del probador. La bermuda, ahora, le calzaba como un guante, todas las marcas habían desaparecido, excepto las del elástico del slip que se veían a través de la fina tela de la bermuda y que lo dejaban más sensual de lo que ya era. Su rostro buscaba mi aprobación y el mío era sólo de admiración. Todos aquellos pliegues que eventualmente arruinaban su figura habían desaparecido y a su frente, su sexualidad se dibujaba notoriamente; hasta se podría decir que daba la impresión de estar un poco excitado...

Yo sentía que mi miembro se agitaba dentro de mi pantalón y que un temblor leve me recorría todo el cuerpo. Me acerqué un poco más y le comenté lo bien que lucía ahora. Me respondió que a él también le parecía que le quedaba bien pero, lo que todavía no le convencía era el tener que usar slip porque le parecía que no era una prenda confortable. Me apresuré a comentarle que estaba completamente equivocado, porque el slip era tremendamente confortable y seguro, que yo lo usaba durante todo el tiempo hace muchos años y que nunca me había traído ninguna incomodidad. Me acerqué un poco más e indicándole donde estaban las marcas anteriores de su boxer le mostré como ahora no aparecían más y que eso lo hacía más atractivo y que parecía más natural.

Mientras más lo miraba, más ganas yo sentía de acercar mi mano a su cuerpo para poder sentirlo. Casi no resisto más cuando llevó su mano a su sexo y trató de acomodarlo mejor mientras comentaba que le parecía que quedaba muy llamativo ahí adelante. Después de hacer una pausa para saber exactamente como contestarle, le respondí que en eso tenía razón pero que no se preocupase porque si quedaba llamativo pero que le quedaba muy bien. Además de eso, después que se acostumbrase, iba a ver lo bien que se iba a sentir, que yo no pensaba que ninguna prenda interior pudiese dar mayor comodidad que el slip. Y que yo sabía muy bien porque específicamente esa marca era la que yo acostumbraba usar y sabía lo confortable que eran. Juan parecía, todavía un poco incrédulo y mientras yo más lo miraba, más me excitaba y también me parecía que él también estaba quedando excitado.

En tono de confidencia le comenté que el slip también servía para cuando quedaba excitado porque disimulaba mejor que cualquier otra prenda interior. Los ojos de Juan se agrandaron y me quedaron mirando fijamente. Comentó que si, que podría ser, porque al ponerse una prenda tan ajustada y no tener costumbre, él estaba un poco excitado y que realmente, no se notaba casi nada. Diciendo esto, empujó su pelvis para adelante y me mostró la excitación que él tenía. Eso hizo con que mi miembro se activase más aún y le comenté que yo también estaba excitado y que tampoco se me notaba casi nada y repetí el movimiento de caderas que él había hecho, empujando mi pelvis hacia delante. Juan se quedó mirando y levantando sus ojos hacia los míos pidió que le mostrase.

Después de salir del asombro, no demoré ni un segundo para desprender mis pantalones y bajarlos hasta las rodillas. Juan observaba mi slip con interés mientras comentaba que realmente, yo tenía razón, pero que el modelo del mío era un poco diferente del que él tenía puesto. Cuando le pregunté en qué eran diferentes, me respondió que a él le ajustaba mucho principalmente abajo, mientras se agarraba el bulto sexual y me lo mostraba. Le respondí que esa era la primera sensación que sentiría por la falta de costumbre de utilizar slip pero que después, con el tiempo, se olvidaría.

Continuó insistiendo y comenzó a desprenderse la bermuda mientras pedía que me fijase cómo le quedaba apretado. Yo no podía creer lo que estaba y pienso que mi rostro mostraba mi estupefacción mientras no quería perderme detalle de lo que estaba por ver.

Juan desprendió la cintura de su bermudas y la dejó caer al piso. Sus maravillosas piernas, cubiertas con un grueso bello oscuro eran perfectas y su enorme sexo aparecía por debajo de su prenda interior elevándose hasta el borde del elástico el cual se separaba considerablemente de su rígido abdomen queriendo darle salida a su monumental órgano. En la punta del mismo, una pequeña mancha brillosa se mostraba tentadora. Cuando descubrió que estaba mojando el slip, pasó su dedo sobre la punta de su glande, por sobre el fino tejido del slip y me miró con cara inocente como queriendo pedirme disculpas.

Yo miraba ese maravilloso espectáculo sin poder serenarme. Entonces, no pudiendo más contenerme, le dije que no era que el modelo de slip que él estaba usando fuese diferente, sino que lo diferente era lo que estaba adentro. Juan me miró como si no entendiese lo que yo le había dicho y sin agregarle más nada, pasé mi mano sobre su bulto sexual.

Sonriendo, dio a entender que había comprendido lo que había querido decir.

Yo no estaba seguro de cómo iba a reaccionar y, retiré mi mano aguardando su actitud. Juan levantó su camiseta con una mano mientras con la otra agarraba su rígido miembro que estaba casi asomándose por el elástico de la cintura mientras decía que le parecía que siempre que usase esas prendas quedaría tan excitado de esa forma, como estaba ahora.

Le respondí que eso no estaba nada mal mientras yo acercaba mi mano a su órgano que notoriamente aparecía por debajo de su ropa interior. Al rozar la fina tela de su slip, sentí un calor tan intenso emanado del interior que me hizo vibrar de placer. Juan permitía que lo tocase y sentí cuando su mano agarró mi sexo con firmeza.

Con la mano libre le subí su camiseta y se la saque mientras él me desprendía mi camisa y me la sacaba. Su pecho tremendamente desarrollado se acercó al mío y sus gruesos brazos me rodearon fuertemente. Introduje mis dedos dentro de su slip para sentir la humedad de su glande que ya estaba mojando la ropa interior que se estaba probando.

Sin que me diera cuenta, Juan había bajado mi slip y lo estaba deslizando por mis muslos. Yo hice lo mismo con él y un tronco grueso y firme saltó a mi encuentro. Una densa mata de bellos oscuros cubría su base de la cual colgaba ahora libremente un par de huevos enormes y sensuales. Nos abrazamos fuertemente y nuestros miembros quedaron aprisionados entre nuestros estómagos mientras nuestras bocas y lenguas se juntaban y se debatían en un apasionado beso.

Centímetro a centímetro, fui bajando por su cuello, su pecho y su estómago besándolo y acariciándolo, hasta que mis labios se enfrentaron con la densa mata púbica que rodeaba a su órgano el cual se recostaba a mi mejilla mientras las manos de Juan, agarraban mi cabeza y la dirigían maestralmente por el camino hacia su sexo. El suave olor masculino que su cuerpo desprendía me hacía delirar de placer y me excitaba enormemente. Mis labios rodearon su pene mientras, lentamente, el mismo se deslizaba dentro de mi boca. El volumen de su sexo era increíble así como también la rigidez del mismo era inigualable. Sus caderas comenzaron con un balanceo suave que iba aumentando a medida que el tiempo pasaba. Mis manos acariciaban su cuerpo todo y me llenaron de placer cuando descubrieron la firmeza y suavidad de sus glúteos. Mis dedos se abrieron camino por entre sus nalgas y comencé a introducirle, primero uno y luego 2 dedos dentro de su apretado esfíncter. Su cabeza caía para atrás mientras de su boca salían notorios sonidos de placer.

Algunos momentos después, apoyándo sus manos en mis hombros me empujó ligeramente, para que me sentase en un pequeño banco que había dentro de la cabina. Así lo hice e inmediatamente después, abriendo sus piernas ampliamente, se sentó sobre mi órgano que lo esperaba verticalmente erecto. Primero lentamente, con suaves movimientos y luego, más intensamente, mi pene fue abriéndose espacio por entre sus apretadas y musculosas nalgas mientras una increíble honda de placer me invadía completamente. Nos abrazamos fuertemente y su rígido órgano se interponía entre nosotros como un hierro candente quemando mi estómago y mi pecho. No fue muy difícil forzar un poco mi cabeza hacia abajo y encontrarme con su glande brillante, invitándome a que lo introdujese en mi boca. Los movimientos quedaron, a partir de entonces mucho más agitados, Juan cabalgando sobre mi sexo mientras yo lo succionaba ávidamente.

En el exacto momento que yo sentía que estaba apunto de gozar su órgano comenzó a quedar más rígido, todavía, y me di cuenta que él estaba llegando, también, al mismo punto límite. Por más que me hubiera gustado continuar con ese instante por el resto de mi vida, no pude aguantarlo más y 3 o 4 chorros de semen salieron de mi miembro, al mismo tiempo que una cantidad similar se vertía dentro de mi boca en volumen tal que era imposible de contenerlo completamente.

El encuentro concluyó con un abrazo fuerte y duradero que culminó en un beso apasionado que marcó el inicio de una gran amistad que dura hasta el día de hoy y que parece que continuará por mucho tiempo.

Juan continúa viniendo a la tienda con cierta frecuencia, a veces acompañado de su novia y otras veces solo y yo lo recibo, a veces con mi esposa y otras veces solo, también. Pueden imaginarse que el placer que me da recibirlo cuando estamos solos y cuando estamos acompañados, a pesar de ser similares, es muy diferente.

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